

I / Aquellas hojas, / enormes, ¿qué decían? Un lenguaje / parecían formar con su rumor, una lengua / que debía aprender, hecha de grumos. / / Eran las espesuras removidas / por el viento, allá lejos. / / Yo acudía al ramaje, a las hojas que hablaban. / / II / Cuántas veces las vi agitarse, solo, / en escapadas, para estar con ellas, / para oír, otra vez, los golpes silenciosos, / el viento de la tarde / en los nudos, las yemas de los árboles. / Pero quién escapaba o creía escapar, / si los árboles eran solamente otro espacio / de lo inasible, de cuanto queda como suspendido / por sobre la materia del mundo, / lo no visible y, sin embargo, / acaso más real que la piedra que existe. Allí, / bajo el ramaje, me sentaba, entre piedras / dispersas, por la hierba, / sobre la tierra, cifra de los mundos. / / III / Aquella era la lengua de las hojas, la lengua / del irrequieto fondo de la luz. / ¿Lengua, lenguaje, / digo? ¿Una palabra / más allá del lenguaje, eso buscaba? / / Solamente más tarde iba a saberlo, / cuando el lenguaje habló, y tan sólo / llegó el lenguaje a ser la destrucción / de cuanto conocía. Y era, al mismo tiempo, / la construcción de todo. Yo volvía / otra vez a los árboles, aún / no sabía del lenguaje sino sólo su enigma. / / IV / El ramaje extendido, / la hierba, como un afloramiento / del interior del mundo, las raíces / de lo visible, los arbustos, el aire, / eran una llamada del lenguaje. Y eran / una llamada de más allá de él, como si aquella luz / hablara de otro mundo, siendo el mundo mismo. / Cruzaba el aire, removía / la espesura, la sombra, vibración, / allí, de cuanto existe, en los instantes / que dicen lo visible y lo invisible. V / En las hojas sagradas cae la luz del tiempo, / las recorren los cauces diminutos del agua, / el aire las envuelve con manos que atesoran, / es el fin y el origen, es el fuego del tiempo. VI / La tierra, sí, se entrega, / parece levantarse hacia las hojas / que hasta ella regresan, desde el aire, / y con ella se funden, como el hálito / se funde con la tierra y los ramajes. VII / Vamos hasta los árboles, te dije. / / Sé que te gusta / extraviarte, y a veces me lo pides / tirando de la mano, apresada, / como apresada por la luz toda mano requiere / ir hasta su deseo, llegar a conocer, / aun si el conocimiento no es sino el umbral / de otra ignorancia, acaso, vacía de sí misma. / / VIII / Acércate a los árboles, verás / y podrás escuchar que no existe un silencio / más poblado de voces, que parecen / alzarse desde el suelo hasta otro espacio. Allí, / el aire claro dice el mundo y cuanto / se extiende sobre él y, sin embargo, / es él mismo, la lengua de la tierra, / la promesa de que bajo el ramaje / podrás oír el rumor, tomar la mano / pura de lo visible, cuando los mundos te parezca / que se disipan, cuando la propia luz / se acerque hasta los bordes del tormento / de la luz, y sea sólo oscuridad. / / IX / Acércate a las hojas, llégate hasta el rumor. / / Niño, / ese cuerpo inasible que contemplas / late sobre esta hierba, en estas piedras, / fin y origen. Que el aire / que traspasa las hojas vuelva hasta aquí de nuevo, / y que esa lengua sea la del cuerpo del mundo. / / Escucha de esa boca cuanto hay / más allá de los árboles. / / De Sobre una piedra extrema 1995 / /
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